COSAS IMPORTANTES QUE DEBES SABER

 

1.-  LA RAZA DE TORO DE LIDIA  NO EXISTE :  ES UNA “CREACIÓN” HUMANA.

Una de las tergiversaciones más flagrantes con las que los defensores de la tauromaquia han intentado embaucar a la gente consiste en decirle que el toro bravo, o de lidia, proviene de una auténtica raza de toro salvaje (uro) que existió desde tiempos inmemoriales. Esto es, que se trata de una especie de bestia bovina que deriva directamente del Bos Taurus Primigenius (uros), y  que su existencia  hoy en día sólo tiene sentido si se utiliza para ser sacrificados sus ejemplares en esperpénticos rituales de maltrato y muerte.

Falso.

 No te dejes engañar: la raza del toro “de lidia” no deriva directamente ni de manera natural  de los temibles uros o toros salvajes. No; la raza de nuestros toros bravos  fue creada por el hombre de manera artificial. Concretamente, a partir del s. XVIII, cuando por selección de los ejemplares  de bueyes domésticos más bravos, algunos ganaderos  se empeñaron en  “crear” un tipo de bovino  fuerte y vigoroso  que se acomodara a las necesidades  del nuevo  y cruel negocio  que por entonces se estaba normalizando: el de las corridas de toros.

 Y esto es así por mucho que quieran enredarlo:  El toro bravo actual no es un animal salvaje; es una raza bovina doméstica que nada tiene  que ver con el gigantesco uro que  atemorizó durante milenios  a nuestros ancestros prehistóricos.  De hecho, de aquel toro salvaje primitivo, el gigantesco Uro,  no quedaron descendientes cuando el último ejemplar fue abatido en los bosques de Polonia allá por 1627.

Pero hay más; en nuestra tierra  estos toros salvajes desaparecieron  durante la Edad del Bronce, hace unos cuatro mil años.

De hecho, cuando los romanos se aposentaron en nuestra tierra y los escritores grecolatinos comenzaron a describir lo que en ella veían,  éstos no hicieron mención alguna a la existencia de toros salvajes (uros).

Así es.  Resulta cuanto menos sorprendente que, por ejemplo, el autor romano Varrón  aluda en su  libro “De Rerum Rusticarum” a especies salvajes (y concretamente toros)  que aún andaban por algunas provincias romanas del territorio europeo y no diga  nada de la existencia de éstos en Hispania,  en donde, por otra parte, sí describe  la pervivencia de caballos salvajes.

Mira la cita: “…. Aún ahora hay varias clases de ganado salvaje en muchos lugares, como de ovejas en Frigia, (…), y de cabras en Samotracia.. De hecho hay muchas en Italia (…) . Nadie lo ignora de los cerdos (…) Se dice que, incluso ahora , hay muchos toros salvajes en  Dardania, Media y Tracia, asnos salvajes en Frigia y Licaonia,  y  caballos salvajes en algunas regiones de la Hispania Citerior”.. punto 5 del Libro II  (pa  g 145 del libro de Varrón editado por la Consejería de Agricultura y Pesca de la Junta de Andalucía en 2010  ( traducción de  José Ignacio Cubero Salmerón)

Y si ellos, los romanos, no mencionaron la existencia de toros salvajes en Hispania es simplemente porque no  había.

Foto panel Museo Arqueológico de Galera.- Edad de Bronce

No lo olvides.

No cabe duda; de los dos “tipos” de toros que convivieron durante miles de años sobre la faz de la tierra: el  toro salvaje (Bos Taurus Primigenius) y los bóvidos domesticados (Bos T. Taurus), sólo éstos últimos pudieron ser utilizados por el hombre desde hace unos 10.000 años para su provecho.  De hecho, el toro doméstico fue el animal que más  apreciaron los hombres  por su valor y nobleza.  De él aprovecharon su fuerza para transportar carros o para ayudar en las labores del campo, su carne y su leche para alimentarse, sus cuernos y sus pieles para fabricar productos.

Foto panel Museo Arqueológico de Galera.- Edad de Bronce

Y por mucho que algunos lo nieguen, será ese toro doméstico el que luego en la Edad Media (a partir del s. IX) va a comenzar a ser utilizado en nuestra tierra como protagonista de los más esperpénticos y despiadados “juegos” o festejos de toros.

Tan noble era esta animal, que según cuentan las crónicas medievales, para hacerlo participar en su  macabro “juego”, había que embravecerlo  con  sonidos de trompetas y  ladridos perros.

Si ya lo decía el Sr. Marqués de Piedras Albas en su famoso libro “Fiestas de Toros. Bosquejo Histórico”: “De todas suertes, nadie cultivó ganaderías bravas, ni los códices de referencia hablan de toros bravos, sino simplemente de toros, calificados de indóciles en alguna ocasión, porque en eso de feroces, siempre se exagera. ( pag. 348 de su libro  editado en  Madrid MCMXXVII)

Y en página 38 : “ Los toros,(…),  no podían en pasados tiempos ser lo que ahora son, porque antes se escogían de entre las reses indómitas destinadas al matadero…“.

Y en Nota a pie de página : “Es de suponer que en la mayor parte de los pueblos de España se correrían los toros indóciles, entendiéndose por tales los criados en los montes para consumo de carne (…).

Así es, y así lo reconocía también  Martín de los Heros  en su libro “Historia de Valmaseda cuando  describe los festejos con toros que  se celebraban en  esta villa durante las vísperas de fiestas religiosas. Dice, que en ellos  se utilizaban  “los cebones que habían de matar en la carnicería, atormentándolos… con las azconas o lanzas cortas…y … con perros”.  

De hecho según sigue contando el autor,  “Al toro que se corrió en 1559 para celebrar la paz con Francia , que se mató después y se repartió a los pobres, se le echaron garrochas, se le sacaron los hierros y se le curaron las heridas que hubiera sido mejor, no hacerle”

 

 

No lo olvides: Estos fueron los toros que se utilizaban en los festejos taurinos desde que la gente de nuestro país comenzó en la Edad Media a participar en ellos. (El “cómo eran estos festejos”,” cuándo comenzaron” y “por qué” ya te lo diré más adelante)

Es más, si miras en el libro de Ganadería de Lidia y Ganaderos. Historia y economía de los toros de lidia en España.  ISBN 84-472-0742-0  , concretamente en la pag 91 podrás ver cómo el autor, Antonio L. López Martínez ( historiador que ha investigado sobre este asunto) dice: ” Hasta mediados del siglo XIX no se daba, en la mayoría de los casos, una clara distinción entre ganadería brava y la destinada a la reproducción para bueyes de labor. Las vacas reproductoras son las madres tanto de bueyes como de toros de lidia. Sólo en las descripciones de ganadería posteriores a 1850 se produce una diferenciación entre reses bravas y las mansas”.

 

2.- EL ORIGEN DE LA TAUROMAQUIA EN ESPAÑA NO ES ANTERIOR AL S. IX

(y eso lo saben los sabios)

La segunda cuestión que debe quedar clara antes de comenzar a buscar las claves que permitieron el  origen de la tauromaquia, es  saber  que, por mucho empeño que pongan algunos en buscar un origen inmemorial de aquella, todos saben que  su nacimiento coincidió con la época de las legendarias hazañas llevadas a cabo por los cristianos en su resistencia ante el poder musulmán, y que éstas no fueron anteriores al s. IX  como luego veremos.

De hecho, no existen referencia alguna a “espectáculos o juegos con toros” en  nuestra tierra en  épocas anteriores a la de la llegada de los romanos y sus “juegos circenses“.

No obstante,  si es cierto que algunas  tribus  asentadas en la península con anterioridad a la llegada de los romanos (concretamente los íberos),  habían asimilado, en parte, el culto al toro  que los fenicios, procedentes del Oriente Mediterraneo, habían introducido desde que  (aproximadamente) en el siglo s. X aC,  fundaron sus colonias en el sur peninsular.

De hecho,  y eso lo han demostrado los sabios, las mas antiguas representaciones de toros, tanto en vasijas de cerámica o en objetos litúrgicos, encontradas en la península, proceden de la zona donde estaba asentados los Tartesos, la antigua civilización que posiblemente fuese instruida precisamente por los fenicios.

Pero como todo esto es muy largo de contar, lo dejaré  para plasmarlo  en el apartado “Lo que no es”.

Pasemos a las tercera cosa  interesante que todos deberíamos saber antes de comenzar a ver la verdadera historia de la tauromaquia.

3.- La imagen del Toro en la iconografía cristiana.

Otra cosa muy importante que debes saber es la siguiente.

A veces encontrarás a “sabios del toreo”  que te hablarán de la existencia   de escenas taurinas plasmadas en obras de arte cristiano,  tal como hace Gonzalo Santoja en su libro “Por los albores del toreo a Pie”.

Así es, imágenes de toros acosados por personas y/o perros podrás ver  pintadas por monjes anónimos en paredes de iglesias ( como la de Pinarejos ) o en  techumbres de madera de monasterios ( como el de Santo Domingo de Silos);  esculpidas en capiteles de columnas como los de la capilla Barbazana de  la  catedral de Pamplona; talladas en la madera de  sillas del coro de  catedrales como las de Plasencia y Ciudad Rodrigo…………….. e incluso  dibujadas en viñetas de libros sacros como los Cantorales del monasterio de Guadalupe.

Todo eso es cierto.

Pero atiende. Ten en cuenta que estas escenas  netamente taurinas fueron plasmadas a partir del s. XII o XIII.

Debes saber que con anterioridad, el toro llevaba siglos representándose en estos santos  lugares  con un significado muy distinto. ¿Sabes cuál?.

Hagamos memoria.

Recordemos cómo el toro, junto al león y el águila (los tres majestuosos animales elevados por las antiguas civilizaciones mediterráneas a la mayor cota de sacralidad), fueron  también venerados por los primeros cristianos y elevados al máximo rango de la escala celestial. Sobre todo cuando a partir del s. IV fueron asimilados a los Evangelistas San Lucas, San Marcos y San Juan respectivamente, y  enmarcados todos en lo que vino en llamarse  “Tetramorfo” o Tetramorfos.

Nota: ¿Qué es el Tetramorfo?. Se trata de la representación simbólica de los cuatro Evangelistas (Marcos, Lucas, Juan  y Mateo)  alrededor del trono de Dios. Las figuras que encarnan a los cuatro Evangelistas son: El León a San Marcos, el Toro a San Lucas, el Águila a San Juan y un  hombre  a San Mateo.  Estas representaciones serán  profusamente utilizadas por los artistas durante la Alta Edad Media y hoy las  podemos ver esculpidas en numerosas fachadas románicas.

Es más;  las raíces de todo esto habría que buscarlas en un tiempo muchíiiisimo más lejano. De hecho tendríamos que retrotraernos un milenio para ver cómo el toro, junto al león y el águila  irrumpieron por entonces en el imaginario de la religión de los judíos.

Concretamente desde que Ezequiel, el profeta del Antiguo Testamento, dijera haber tenido una visión celestial; justamente tras ser deportado junto con otros numerosos cautivos a Babilonia tras el saqueo de Jerusalén por Nabucodonosor ( en el s. VI aC.)

Ahora, si te pica la curiosidad y quieres saber cómo se produjo este trasvase de la simbología de estos animales desde  la antigua Babilonia  al judaísmo y luego cristianismo, te invito a que leas lo siguiente.

Para que lo veas con tus propios ojos, te propongo un viaje, lejano en el tiempo y en el espacio. Concretamente  a aquel s. VI a C  y a la espléndida Babilonia de Nabucodonosor II.

Antes, recordemos  cómo  aquel rey guerrero Nabucodonosor, en su afán conquistador/dominador (como todo buen rey que se precie) en una de sus múltiples campañas militares había invadido Jerusalén y expoliado su famoso templo. Allí (en Jerusalén) había  dejado un gobernador títere, mientras se  llevaba cautivos a Babilonia a los miembros de las familias más influyentes del reino de Judea.

A Babilonia, la había hecho resurgir de sus cenizas el tal Nabucodonosor después de haber sido dominada durante cientos de años por los asirios .

Babilonia, una ciudad increíble, fantástica, bella como ninguna, populosa, festiva, desenfrenada, lujuriosa… Tras sus murallas, enormes y majestuosas avenidas conducían al visitante hasta el deslumbrante y gigantesco templo-zigurat integrado en los grandilocuentes palacios donde vivían sus reyes. Palacios a su vez protegidos por las monumentales esculturas de aquellos seres híbridos que habían heredado de los asirios: los lamassu. Eran aquellos seres extraños  el resultado de la combinación de cabezas humanas con barba y cuernos de toro, sobre un cuerpo de león con alas de águila.

Ahora ajusta el catalejo porque vas a ver a los cautivos que están llegando a la ciudad.

Después de caminar durante largas jornadas por áridas y pedregosas tierras, los cautivos de Jerusalén, sedientos y polvorientos, se movían exhaustos. Hacía tiempo que habían divisado en la lejanía una imponente torre escalonada. Aquel brillante azul intenso que de pronto vieron emerger de la calima les parecía un espejismo… pero a cada paso que daban se iban cerciorando de que aquello era real. Era el gran zigurat, la llamada “Torre de Babel” de  los babilonios. Pronto se hicieron visibles las imponentes murallas que rodeaban a la ciudad, y luego sus monumentales puertas del mismo azul intenso. Una extraña sensación de admiración y miedo les inquietaba a la vez que un fuerte deseo de llegar a ellas para descansar.

Lamassu

Cuando por fin llegaron a la ciudad vieron que la gigantesca y reluciente puerta por la que entraban estaba protegida por enormes imágenes de  coloridos leones y toros alados. Asustados atravesaron su umbral  y una grandiosa avenida les salió al paso, flanqueada a su vez por gigantescos y majestuosos seres polimorfos que desde arriba los intimidaban con su hierática sonrisa. Aquellas monumentales esculturas formadas por cuerpo de león, cabeza humana con cuernos de toro y alas de águila, empequeñecían su  existencia. Un agobiante sentimiento de amenaza les embargó entonces mientras retenían el aliento al tiempo que las observaban con los ojos abiertos como platos. Fue entonces cuando una nube de aturdimiento y enajenación les invadió la mente.

Nota: Recordemos que la mayoría de los cautivos trasladados desde Jerusalén a Babilonia eran miembros de familias influyentes del reino de Judá, y entre ellos marchaba el  hijo de un sacerdote judío,  Ezequiel.

No es de extrañar pues que fuera  allí, en Babilonia, donde, estando cautivo aquel joven Ezequiel dijo haber tenido una visión celestial; aquella que decía haber visto entre una nube de fuego a cuatros “seres vivientes” con forma humana pero con cuatro caras y cuatro alas  “Vistos de frente, los cuatro seres tenían aspecto humano, pero la cara derecha de su cuerpo era cara de león, y su cara izquierda, cara de toro. Los cuatro tenían también una cara de águila” (Ezequiel 1-10).  Y sobre los vivientes, en una especie de trono-carro, a “un ser que tenía una apariencia humana en su parte superior”.

Nota: Fue durante este largo cautiverio del pueblo israelita en Babilonia cuando  los sacerdotes  y profetas judíos escribieron parte de los libros que luego formarían el Antiguo Testamento.

No sería descabellado pensar pues, que esta extraña visión narrada en el Antiguo Testamento fuera fruto de un delirio del joven Ezequiel,  aturdido como estaría por la descomunal imaginería asirio-babilónica y sus lamassus.

Pero a Ezequiel lo creyeron los de Judea. Y no sólo ellos;  su visión celestial perdurará también y por siempre en el cristianismo.

Así es, aquellos extraños seres  que viera Ezequiel  serán luego  trasvasados al Nuevo Testamento cuando en el s. I d.C. son “reinventados”  en el  Libro del Apocalipsis,  donde se describe a  estos seres “vivientes” de la siguiente manera (Apocalipsis 4, 6-8): “El primer Ser Viviente se parece a un león, el segundo a un toro, el tercero tiene un rostro como de hombre y el cuarto es como un águila en vuelo.”

Mas tarde, a finales del s. IV  será San Jerónimo (el elegido para  traducir los textos bíblicos  del hebreo al latín) el que les otorgue un nuevo y definitivo  significado:  El de su identificación con los Evangelistas.

A partir de entonces  el  toro será reconocido como San Lucas, el águila asimilada a San Juan, el león se lo encasquetaron a  San Marcos, mientras a San Mateo lo hicieron identificar con un hombre o un ángel.

Fue así como nació el TETRAMORFO y cómo, una vez aceptada esta nueva  interpretación, el toro como tal o acompañando al Evangelista San Lucas será representado en el arte cristiano en todo tipo de soporte: en  Biblias y Beatos; en sarcófagos; en mosaicos y relieves; en esculturas, pinturas, tallas de madera…  Así es, a partir de entonces  en numerosos lugares  sagrados encontraremos al toro. Al Toro, no lo olvidemos, con connotaciones celestiales;  Aquel que encarna a San Lucas y por tanto al mensajero de Dios.

El Toro (San Lucas) en el ábside de la Iglesia de Santa Prudenciana en Roma.

Nota: Las primeras representaciones  del Tetramorfo datan del s. V. Concretamente aparecen en un mosaico del mausoleo de Gala Placidia en Rávena ( Italia), y  en la pintura del ábside de la Iglesia de Santa Prudenciana en Roma.

 

 

 

 

 

 

Pero, ¿Y en nuestra tierra?. ¿Cuándo y de qué manera comienzan a aparecer representados los cuatro Evangelistas acompañados de sus símbolos?.

¿Y  San Lucas? (el Toro):  ¿Cuándo y dónde?

Si sigues teniendo curiosidad, sigue leyendo.

Las primeras figuras de toros como símbolo de San Lucas las encontramos representadas en nuestra tierra a partir del s . IX, concretamente en los siguientes soportes:

  • Esculpidos en basas de  columnas en  Iglesias prerrománicas como la de San Pedro de la Nave o la de  San Miguel de Lillo,  simbolizando con ello que son los Evangelistas los que soportan la Iglesia.

    San Lucas como Toro en base de columna de Iglesia de San Miguel de Lillo (Oviedo)

 

  • Repujados en arquetas-relicarios como la de la de las Ágatas, donada por Fruela II a la Catedral de Oviedo en el año 910. Hoy  en Cámara Santa de la catedral de Oviedo.

    Entrada a la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo donde están depositada la Arqueta de las Ágatas, con los símbolos de los cuatro Evangelistas en su base.

Arqueta de las Ágatas en Cámara Santa de la Catedral de Oviedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Base de la Arqueta de las Ágatas donde se ven representados los símbolos de los cuatro Evangelistas y entre ellos el toro de San Lucas.

 

En la Arqueta de San Genadio , regalada por Alfonso III al Obispo de Astorga también aparece el toro simbolizando a San Lucas.

 

  • Ilustraciones de  Biblias y Beatos, como la Biblia de León datada en el 910.

La Biblia Mozárabe (S.X), custodiada en la catedral de León

 

Con todo, lo que me gustaría que quedara claro es que todos entendiéramos cómo la primitiva Iglesia Católica adoptó al animal toro precisamente por el carácter divino (de mensajero de dios y protector de los hombres) que desde la antigüedad se le había atribuido a este animal.

Esta concepción positiva del toro será igualmente señalada en las  leyendas medievales donde los toros siempre desempeñarán una labor de colaboración con santos y de ayuda a las personas. Leyendas  tales como la del traslado del cuerpo del Apóstol Santiago  que contaba el Codex Calixtino, o la que protagonizó el toro que ayudó  al obispo Ataulfo cuando fue sometido a una ordalía para probar su inocencia, narrada en la Historia Compostelana, sin olvidar la  ayuda prestada a las doncellas de Carrión que a continuación veremos, entre otras muchas como las del  Traslado de los Cuerpos  de los Santos Mártires a  Medinaceli,  el de  la imagen de la Virgen de la Consolación de Jerez, el  del cuerpo de San Millán desde el Monasterio de Suso .. etc, etc, etc..

 

Detalle del ábside de San Clemente de Tahull donde vemos a San Lucas representado como toro.

Y ahora que sabes todo esto,  observa una cosa.  Curiosamente en el mismo tiempo que comienza a decaer, a finales del s. XIII, estas representaciones del Tetramofo   empiezan a aparecer  representaciones de toros en escenas netamente taurinas como las que señala Gonzalo Santoja en su libro ” Por los albores del toreo a pie”. Así es, escenas donde toros aparecen acosados y maltratados por hombres  y perros comenzarán a reproducirse tanto  esculpidas en tallas de madera o capiteles de columnas,  como  pintadas en techumbres de Iglesias, catedrales o monasterios. 

La pregunta que nos ronda la mente ahora sería: ¿Qué ocurrió entonces para que esta visión benefactora que la Iglesia tenía hacia este animal cambiara hasta tal punto de considerarlo un  “enemigo” al que habría que enfrentarse?.

.… Eso te lo contaré otro día.

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4.- Lo que cuentan del toro las leyendas