El lío de los orígenes de la Tauromaquia según escritores taurinos.

¡Ay Dios mío!.  ¿Por dónde empezar?. ¡Porque es tal la maraña que han montado los que quieren defender la tauromaquia sobre este asunto que ya no hay por dónde meterle mano para desenredarla!.

Los comienzos 

En realidad, todo el embrollo  sobre el  supuesto origen milenario de la Tauromaquia empezó a gestarse a partir del s. XVIII. Precisamente en la época en la que las ideas ilustradas comenzaron a poner en tela de juicio la licitud y moralidad de las desvariadas prácticas taurinas,  al tiempo que el populacho iba tomando las riendas del espectáculo y la nobleza las de los negocios taurinos.

No obstante,  hay que recordar que  durante el s. XVI  la sociedad de entonces había ya vivido  un apasionado debate sobre la licitud moral de este asunto en el que habían intervenido numerosos eclesiásticos. Unos, mostrando su oposición a lo que consideraban  macabros “juegos” reminiscencia del circo romano ( como Santo Tomás de Villanueva o  Juan Bernal de Luco obispo de la Calahorra) y otros apoyándolos y justificándolos, tal como lo hicieron los teólogos de la Universidad de Salamanca. Y todo con bula  papal en medio, excomuniones,  y desobediencias, engaños y artimañas para seguir “corriendo” toros …Pero eso ya lo veremos en su momento.

Primeros antitaurinos ilustrados.

Sin embargo fue en el siglo de la Ilustración, el de la “luces”, el s. XVIII,  cuando la tauromaquia estuvo francamente contestada.

Padre Feiijóo

Los primeros que comenzaron a poner el “grito en el cielo “, nunca mejor dicho, para condenar las absurdas tradiciones, fueron precisamente los ilustrados eclesiásticos benedictinos Padre Sarmiento (1695-1772), y su admirado amigo Padre Feijoo. Qué quimeras, qué extravagancias no se conservan en los pueblos a la sombra del vano, pero ostentoso título de tradición!”, llegaría a decir Feijoo en su obra “Teatro Crítico Universal”: “Esto es lo que siempre sucedió, esto es lo que siempre sucederá, y esto es lo que eterniza las tradiciones más mal fundadas, por más que para algunos sabios sea su falsedad visible. Una especia de tiranía intolerante ejerce la turba ignorante sobre lo poco que hay de gente entendida… . Es ídolo del vulgo el error hereditario. Cualquiera que pretende derribarle incurre, sobre el odio público, la nota de sacrilegio.”  

Padre Sarmiento

Mientras, su amigo y compañero benedictino P. Sarmiento  se desahogaba diciendo: “No pocas veces he reflexionado sobre el origen de la bárbara, ciega y cruel afición de algunos provinciales de España a la que ellos fatuamente llaman fiesta de toros, no siendo sino una pública tragedia”.  Y en otra ocasión: “ Lo peor consiste en que se quiera embocar por destreza del hombre lo que es nobleza del animal. Porque él, el toro (…) acomete en derechura en su carrera; y cuando corre precipitado, ni puede torcer, ni puede parar, ni jamás corre con zorrerías propias del animal hombre (…,). El hecho es que cuando el toro tuerce, o se para, dicen los toreadores que es marrajo, y se acobardan y huyen de él y recurren a la inhumanidad de echarle perros que le sujeten, colgándose unos de las orejas como pendientes, y otros tirándose a las partes que según leyes de Caballería.. sean atreguadas de los lidiadores. No es menor la inhumanidad de matar a los toros con una manta de cohetes para que la gente se divierta con los bramidos lastimeros a causa de uno y otro martirio”. (Las citas del P. Sarmiento la he tomado del Apéndice II del libro “Disertación sobre las Corridas de Toros” de J. Vargas Ponce)

Sí, corrían nuevos aires en nuestro país. Una tenue brisa fresca de sensatez llegó incluso a acariciar las mentes de algunos miembros ilustrados  de la clase política-nobiliaria.  De hecho, algunos de ellos, entre los que se encontraba el Conde de Aranda, pusieron todo su empeño en  terminar con las  tradiciones crueles e irracionales, como lo eran los festejos taurinos, mientras en otros prendió por lo menos un destello de duda y/o curiosidad por saber de dónde procedía aquella “tradición”.

Nicolás Fernández de Moratín

Fue precisamente un aristócrata aragonés, Ramón de Pignatelli  (cuñado del Conde de Aranda), el que en 1776 pidió  a su amigo Nicolás Fernández de Moratín que le informara al respecto, tal vez, movido por la curiosidad que despertaba en él la animadversión que sentía su cuñando hacia las corridas de toros y el empeño que tenía en terminar con ellas.

Primeros escritos pro-taurinos. Comienza el lío.

Acto seguido, Nicolás Fernández de Moratín le contestó con su “Carta histórica sobre el origen y progresión de las fiestas de toros en España”. La cual, como si de una chispa incendiaria se tratara, marcará el pistoletazo de salida de una irrefrenable carrera bibliográfica pro-taurina,  cuya finalidad consistirá a partir de ese momento en ver quién de los nuevos escritores emitiría el “argumento” más original y admirable que pudiera justificar el origen y tenaz pervivencia de la  tauromaquia en nuestro país. Carrera bibliográfica, aún no terminada, en la que participarán eruditos aficionados taurinos, muchos de ellos procedentes del estamento nobiliario y eclesiástico.

Así , en la citada carta, Moratín empieza a dar “ideas”, sin ningún tipo de rigor histórico, sobre el origen de las corridas de toros, apuntando hacia  los musulmanes como los promotores de aquellas Tan evidente y claro lo vio  que fueron ellos los que introdujeron la práctica toreril en nuestro país que llegó a escribir un poema titulado “Fiestas de Toros en Madrid” en el que presentaba al mismísimo Cid Campeador lidiando un toro en un festejo organizado por los musulmanes. Suceso irrisorio y pueril que sin embargo muchos dieron por verídico. De hecho, a partir de entonces la figura del Cid como primer castizo caballero cristiano que destaca en estas lides será potenciada y divulgada durante la  centuria siguiente por todos los que escribieron sobre este asunto.

Nota: En este poema se  presenta al mismísimo  Cid en un festejo organizado por los árabes. El cual con su castiza gallardía y valor propio de su rango y alcurnia vence a un toro que resultaba imposible dominar por los árabes; hazaña que embelesa a Zaida y humilla a Aliatar.

Pero, ¿En qué contexto escribe Moratín su Carta Histórica?

No olvidemos que por entonces el debate taurino estaba  muy candente a nivel político. Las cabezas pensantes del siglo de la Razón estaba cuestionando todo lo que se alejaba de ella, y el gobierno ilustrado de Carlos III, en su afán de modernizar el país y avanzar en la educación del pueblo, cada día estaba poniendo más obstáculos a las celebraciones taurinas .

Conde de Aranda

Así es;  la discusión sobre la licitud  de los espectáculos  taurinos estaba al rojo vivo. Uno de los máximos detractores era por entonces el ya citado Conde de Aranda. El cual se había propuesto traer racionalidad y más cordura a sus compatriotas después de haber ocupado  importantes puestos diplomáticos en el extranjero, entre otros, el de embajador en Francia, país donde había entrado en contacto con las ideas ilustradas.   Dicen que Voltaire lo admiraba tanto que llegó a decir de él: “Con media docena de hombres como Aranda, España quedaría regenerada”.

Pues bien,  fue este hombre sensato  el que, ocupando el puesto de Presidente del Consejo de Castilla y empeñado como estaba en terminar con esa absurda y cruel tradición, no se detuvo a la hora de favorecer con su discurso la prohibición de las corridas de toros.  Empeño que le honra,  y que, gracias al talante también ilustrado del nuevo rey Carlos III,  llegó a cuajar en la Real Orden de 1778 por la que se prohibían en todo el reino las concesiones de fiestas de toros, aunque con la excepción de aquellas  que tuvieran fines piadosos. (Corroborada esta decisión más tarde, en 1785, por otra  Real Pragmática).

La cuestión se va enredando

Como reacción a este avance racionalizador, el mismo año en el que se prohíben en parte las corridas de toros, 1778, comienza a circular por los círculos taurinos un manuscrito  del varilarguero José Daza, que lleva por nombre  “Precisos Manejos y Progresos del Arte de la Agricultura, que lo es del toreo”. Escrito que, según cuentan,  el propio autor remitió al mismísimo Príncipe de Asturias (futuro rey Carlos IV) con la intención de intentar convencerle sobre la utilidad de los festejos taurinos.

Y será en este curioso texto en el que veremos por primera vez el más fabuloso y pseudohistórico apunte jamás contado sobre el supuesto origen legendario de la tauromaquia:  Aquel que la hace remontar ni más ni menos que (no te lo pierdas) al mismo ¡Paraíso!. Dice así: “El paraíso estuvo en Andalucía, después del pecado; el toro adquirió su ingénita bravura y Adán tuvo que torear para uncirlo al arado o engancharlo a la carreta”, resultando pues que el primer torero de la historia fue Adán.

Es más, no contento con esto,  como el que no quiere la cosa, saca a la palestra al mismísimo Julio Cesar; al que se refiere como el famoso capitán romano que aprendió  a lidiar toros en nuestra tierra.

¡Ay Madre mía!!

Nota: Varilarguero: la figura toreril que recogió el testigo de los nobles caballeros cuando éstos dejaron de ufanarse en las plazas acribillando toros.

Y  eso… sólo fueron los comienzos.

Gaspar Melchor de Jovellanos

Los  ilustrados siguen insistiendo.

Mientras, como ya se ha apuntado, algunos eruditos y políticos ilustrados (con más luces), entre los que destacaban JovellanosVargas Ponce, seguirán insistiendo  en la  condena de estas tradicionales “diversiones” al considerarlas, además de crueles e irracionales, un obstáculo para el desarrollo moral de la población española y para  la evolución económica del país.

Este intenso ambiente de debate taurino-antitaurino fue reforzado cuando comenzó a circular por Madrid un panfleto llamado “Pan y Toros”. Escrito que, por su  contundente y satírica crítica a la tiranía de los poderosos y por su implícita  llamada al despertar de la sociedad y a la libertad civil,  fue perseguido por las autoridades y  colocado en el Índice expurgatorio de la Inquisición en 1796. No estaba firmado, pero se lo endosaron a Jovellanos de quien todos sabían sus opiniones antitaurinas.

En ese irónico escrito se dejaba claro cómo el gobierno deseaba mantener entretenido y obnubilado al pueblo… con toros, con el fin de tenerlo controlado y “satisfecho”, obstaculizando de esta forma la aparición de una sociedad más abierta, crítica y progresista.

Nota: A pesar de la prohibición, dicho panfleto siguió divulgándose y finalmente se imprimió por primera vez en 1812.

Los toreros y sus paranoias… también.

Pepe Illo

Como contrapartida al panfleto “subversivo” de Pan y Toros, se publica en Cádiz en 1796 “La Tauromaquia o Arte de Torear” del torero Pepe Illo (José Delgado), o mejor dicho, inspirada por él. En ella se  exponen por primera vez las reglas del toreo a pie. Reglas que no evitaron que Barbudo, el toro calificado como “cobarde” por la afición, terminara con la vida del torero en mayo 1801.

No había en esta “Tauromaquia” referencia alguna a datos históricos sobre su origen, pero sí la hubo en la segunda edición publicada en Madrid en 1804 “Corregida y aumentada con una noticia histórica sobre el origen de las fiestas de toros en España”.

En esta nueva edición, recogiendo el testigo de Moratín, se decía: “No cabe la más pequeña duda en que los primeros a quienes se vio luchar con los toros fueron los Moros de Toledo, Córdoba  y  Sevilla , en cuyas cortes que eran en aquellos tiempos las más cultas de Europa…”  

Ya.

En 1805 se prohíben las corridas de toros en España.  Y el ilustrado Vargas Ponce escribe su Disertación

Poco convincentes resultaron Daza y Pepe Illo, pues, mira tú por dónde,  en 1805, siendo ya rey Carlos IV, y como ampliación de las normas que restringían la tauromaquia en nuestro país, se promulga la Real Cédula de S.M. y Señores del Consejo por la que “se prohíbe absolutamente en todo el Reyno, sin excepción de la Corte, la fiesta de Toros y Novillos de muerte con lo demás que se expresa”. Prohibición que perdurará hasta la invasión de las tropas de Napoleón. 

Se encontraban pues prohibidos los festejos taurinos, cuando un nuevo discurso, en este caso antitaurino,  señalará un hito fundamental en el desarrollo de este rocambolesco debate: el pronunciado en 1807 por José Vargas Ponce, Capitán de Fragata y  entonces Director de la Real Academia de la Historia.

José Vargas Ponce

Era Vargas, antitaurino hasta el tuétano y  llamó a su discurso “Disertación sobre las Corridas de Toros”. Un discurso  que fue pronunciado justamente un año antes de la desestabilizadora ocupación de las tropas de Napoleón, y con ello del fracaso del espectacular avance antitaurino de aquel momento.

Vargas Ponce, sí que tenía conocimientos históricos, que además fueron verificados por la documentación que le suministraron sus amigos. Con todo,  en su discurso realizó una  exposición razonada y documentada de la evolución histórica de la tauromaquia, detallando horrorizado  las más variadas formas de torturas a las que había sido sometido el animal toro durante siglos, a la vez que recordaba el debate moral que desde el s. XVI mantenía dividido a los españoles a causa de este asunto.

Y  todo, con la idea de no olvidar la que había sido la más funesta tradición a la que los españoles se habían agarrado  con un ansia desmedida e irracional. Estaba feliz entonces mi amigo Vargas  porque hacía poco que el rey Carlos IV había confirmado la prohibición de las corridas de toros que su padre Carlos III había dictado por ley, ampliando el nuevo monarca con una Real Cédula de 1805 tal prohibición “sin excepción de la Corte”.

Sin embargo, poco le duró a Vargas Ponce esta  alegría, pues una serie de acontecimientos incontrolables darán al traste con ella: Invasión del ejército napoleónico en 1808, secuestro de la familia real en Bayona, llegada de José Bonaparte con su idea en agradar a los madrileños con toros, abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando VII,  y vuelta al  Absolutismo … y a los toros.

De todas formas, fue ese discurso o Disertación de Vargas Ponce el que aguijoneó, a la vez que ofreció numerosos datos históricos sobre tauromaquia, a la afición letrada taurina, abanderada por escritores procedentes de la nobleza que se dedicaron a partir de entonces a investigar los supuestos orígenes históricos de la tauromaquia en España con el fin de  intentar  justificar el origen y fatal pervivencia de tan delirante y aberrante tradición.

Nota: De hecho,  Parece que fue Vargas Ponce el primero en mencionar a Apis, el buey sagrado de los egipcios, pero no para deducir una supuesta vinculación de aquellos con la tauromaquia hispana, sino para, contrariamente, advertir del cuidado y cariño con el que los egipcios trataban a esta animal ,“símbolo viviente de su deidad favorita”.

Nota. Como si de una maldición pesara sobre nuestro país, tras la restauración del poder absolutista con Fernando VII, la tauromaquia  germinará con más fuerza (En 1830 se crea la Escuela Taurina de Sevilla) al tiempo que numerosos escritores protaurinos comenzarán a redactar jocosos y triunfantes sus maquiavélicas ideas, teorías, e hipótesis sobre el sentido, origen y evolución de aquella.

Eclosión de la literatura taurina  a partir del s. XIX. 

El embrollo se acentúa.

Así es; a partir de entonces comenzarán a aparecer libros ensalzadores  de la tauromaquia, muchos de ellos escritos por miembros de la nobleza taurina, y en todos se insistirá en un supuesto origen legendario. No puedes perdértelo.

Dejo aquí sólo algunos ejemplos, pero créeme, todos dicen lo mismo, pues  los autores se limitaron a copiar, muchas veces literalmente, los variados y variopintos “argumentos”.

Francisco Montes (Paquiro)

En 1836 se publica “Tauromaquia. El arte de torear en plaza. Tanto a pie como a caballo” de Francisco Montes (Paquiro) aunque se piensa que fue escrita realmente por Abenamar.  Un “curioso” libro que según dice el prólogo, quiere dar “prueba de la bravura del  carácter español”, en el que de nuevo aparece la bizarra figura del Cid como paladín principal cuando dice:  “todos convienen en que el célebre caballero Ruy, ó Rodrigo Diaz del Vivar, llamado el Cid Campeador, fue el que por primera vez alanceó los toros desde el caballo”. 

Santos López Pelegrín (Abenamar)

Por su parte, unos años más tarde, en 1842, el mismo Santos López Pelegrín (Abenamar) autodenominado “inventor de la literatura de vara larga” por su afición a escribir artículos taurinos en los periódicos de entonces,  escribe en su “ Filosofía de los Toros”: “El África, esa nación desconocida… ha debido ser la madre , o como si dijésemos, la fundadora de las corridas de toros”. Porque según el susodicho: “Entonces España debía ser parte de África, esto es, el Mediterráneo no había nacido, estaba dentro del seno  del Océano”.  

No te rías, que esto es serio. Bueno, mejor pensado, hazlo, porque ellos mismos ironizaban ya por entonces, cuando se paraban a mirar  lo que se estaba escribiendo al respecto.

Y es que ellos lo sabían, sabían que la estaban liando.

Así, Pascual Millán en su obra “La Escuela de Tauromaquia en Sevilla y el Toreo moderno” publicada en 1888, reconoce: Una verdadera historia del toreo no se ha escrito todavía.. lo cierto es que hasta la fecha (la suya claro está ) fuera de algunos valiosos documentos (…), se ha caminado siempre de conjetura en conjetura…”, llegando a reconocer lo absurdo de las diversas teorías que pululaban al respecto, cuando dice: Tales y tan curiosos datos se acumulan incesantemente no anotados tampoco en ninguna Historia de la tauromaquia, que como dice uno de nuestros más chispeantes escritores, no sería de extrañar que el día menos pensado se descubriera un papyrus demostrando que el toreo nació por inspiración divina, siendo Noé el primero que lo practicó valiéndose de largas y verónicas para hacer entrar al toro en el Arca”.

 

Nota:  En esta ambiente de debate taurino-antitaurino, en 1887, Vidart, militar retirado entonces, pronuncia en el Ateneo de Madrid, la conferencia “Las corridas de toros y otras diversiones públicas”, donde de manera irónica, aparentando hacer una apología de la tauromaquia, incitaba a pensar sobre lo absurdo de aquella y de las teorías que iban apareciendo por entonces.

 

Al año siguiente, 1889, el Conde de las Navas escribe  “El Espectáculo más Nacional”, donde, como si de un torero se tratara, con ese aire burlón y desenfadado aristocrático-toreril que tanto les gusta a los aficionados taurinos, el Sr. Conde se dispone a “torear” con garbo los argumentos de los defensores del animal, y por ende detractores de su fiesta. Así,  simulando una corrida de toros, va sacando en cada capítulo un simbólico toro para burlarse de todos aquellos que ya en su época discrepaban sobre la licitud y moralidad de la tauromaquia. 

En él me propongo  (dice) solamente probar, en contra de las afirmaciones de Jovellanos, de Vargas y Ponce, y de otros publicistas de tanto y menos fuste, la propiedad y exactitud del título Fiesta Nacional con que se distinguen en toda España las corridas de toros de otras diversiones más ó menos cultas, propias o importadas”.

“Como cimiento de mi tesis, he reunido algunos  datos y noticias relativos al remoto origen del espectáculo taurino; á su desarrollo, paralelo á nuestra grandeza y decadencia nacional y fácil coexistencia con el progreso moderno”

De hecho, su primer capítulo lleva por nombre “SAGUNTINO. Orígenes y desarrollo histórico del espectáculo taurino. Coexistencia de la fiesta con el progreso”- Y en él, como no podía ser de otra manera, después de sacar  a relucir todas las teorías que por entonces circulaban sobre los supuestos  orígenes de la tauromaquia, comienza a divagar.

Así,   lo mismo  que Daza  en su “Precisos Manejos…” veía a Adán en Andalucía dando capotazos a los toros “embravecidos”  para “uncirlos al arado  o engancharlos a la carreta”, el Sr. Conde apunta al labrador como primer torero  que debe vérselas con el animal para poder  utilizar su fuerza , llegando a la conclusión de que “Del toreo como necesidad al espectáculo, no hay más que un paso”.    Pero eso sí, un labrador “español”, porque como opinaba Pascual Millán: «Las corridas de toros [dice] son y han sido siempre un espectáculo peculiar de España. Aquí nacieron y aquí se desarrollaron”. A la que el Conde completaría diciendo “Siendo esto así, y admitido que en los días de la Reconquista fuese poco á poco generalizándose  el espectáculo taurino, para mí es casi indudable, que, originario de España, romanos y árabes aprendieron á torear en nuestra península.

Lo que finalmente  le lleva a afirmar  sin complejos: “El toreo en España es contemporáneo de sus primeros pobladores, íberos, celtas, individuos de la raza de Cromagnon, o quienes quiera que fuesen” .

Ahora , sí te puedes reir.

Es más,  aún llegando a esa conclusión tan evidente para él, de que el origen es autóctono, no se queda tranquilo el Sr. Conde sino saca a relucir,  tergiversando su verdadero significado, al Apis egipcio, el Hércules romano, … al toro que acompaña a San Lucas el Evangelista, ¡Hasta la vaca que con su aliento dio calor en el pesebre a Jesús!.

…. etc, etc, etc.  ( en pag 119)

¡ Ay  Madre Mía del Amor Hermoso!!!!!

 

Así fue cómo las teorías, tesis o hipótesis sobre origen y evolución de la tauromaquia se fueron liando cada vez más, en boca de renombrados y supuestamente eruditos escritores de la clase nobiliaria. 

Mientras unos aseguraban que fueron los árabes (como había dejado dicho  Nicolás Fernández de Moratín en su “Carta Histórica..” ) los que la introdujeron en la península, otros decían que los romanos y sus juegos circenses. ¿O será autóctona  tan patriótica tradición?… apuntando entonces  a la perdida  estela celtíbera  de Clunia. Pero, ¿Por qué no de los vetones y sus “Toros de Guisando”?, señalaban los de  más allá.

¡Tantas y tantas teorías se esgrimieron y entremezclaron!.

Sin embargo ninguna les terminaba de encajar. Así que, empeñados como estaban en encontrar una justificación plausible a la tauromaquia,  tuvieron que dirigir su mirada allende nuestras fronteras para buscar y rebuscar en tierras remotas, lejanos iconos taurinos con los que justificar la tradición autóctona española. Todo les valía: restos arqueológicos, fábulas, mitos o leyendas, de cualquier cultura o civilización,  dentro o fuera de nuestras fronteras. El caso era que una vez  hallados, re-interpretados y  “reinventados” a su antojo,  pudieran justificar su aberrante afición.

….. y los encontraron:   Desde  los hallazgos de la civilización cretense con sus pinturas murales y la leyenda del Minotauro hasta  los legendarios dioses  egipcios Apis y Min,  para luego pasar al dios persa Mitra, la legendaria historia que narra las aventuras del heroico Gilgamesh sumerio, los monumentales  toros alados con cabeza humana  asirios, la vaca sagrada de la India,  al dios Siva montado sobre un toro blanco … y… y…..etc, etc.

¡Qué mareo!.

La nueva teoría del origen cretense de la tauromaquia.

Concretamente, la nueva “visión” del origen cretense de la tauromaquia se gestaría a raíz de la exposición “El Arte de la Tauromaquia”  celebrada en 1918 en Madrid.

Exposición   “EL ARTE DE LA TAUROMAQUIA”.- Madrid 1918

En realidad, fue a raíz de esta exposición cuando se pretendió dar carácter científico a las teorías que sobre el supuesto legendario origen de la tauromaquia estaban circulando por entonces. Para ello, los eruditos se basaron en las representaciones de toros que se habían hallado  en los últimos descubrimientos arqueológicos: Pinturas rupestres, monedas, esculturas de toros, exvotos,  estelas pétreas.. etc 

Tales descubrimientos dieron pábulo a los interesados pro-taurinos para plantear “científicamente” que los inicios de aquella estuviesen anclados en la misma prehistoria hispana. Nada de minucias. “Afirmaciones” que curiosamente no les impidieron hacer dirigir la atención hacia el extremo oriental del Mediterráneo para apuntar a Creta como otra posible cuna de la tauromaquia.

Fue entonces cuando en la Introducción del catálogo de esta Exposición  otro noble, el Conde de las Almenas (después de repasar, como todos, las más variopintas teorías sobre los supuestos orígenes de la tauromaquia), decía sentirse feliz al haber podido “ensanchar nuestros horizontes” al encontrar en la Civilización cretense, y sobre todo en sus pinturas murales, ”las pistas sobre los orígenes que con ansia buscábamos” (según sus palabras textuales). Sin que ese “fabuloso descubrimiento” le impidiera terminar aludiendo a los sacrificios de animales  como otra supuesta clave para justificar  el origen de su delirante  afición,  y  concluye:

…“De todo ello venimos a sacar  la consecuencia de que el origen de las fiestas de toros es tan lejano que, a mi entender, se debe a los sacrificios que en holocausto a sus divinidades ofrecían los pueblos en esas remotas edades. Claro está que para sacrificar los toros había previamente que enlazarlos y maniatarlos. Estas son las primeras escenas del toreo”.

De esta forma el lío del origen taurómaco iba aumentado por momentos.  ¿Dónde se encontraba realmente?: ¿En la Prehistoria hispana?, ¿Entre los Iberos?,  ¿Romanos?, ¿Creta?, ¿Sacrificios de animales?

Lío que ellos mismos iban formando y que cada vez se hacía más difícil desenredar. El Sr. Conde de las Almenas no se calentó mucho la cabeza para aclararlo, y dice: “Con todos estos documentos queda probado y demostrado que la fiesta de toros es antiquísima, genuinamente Ibérica, anterior, por tanto, a los griegos y desde luego a la dominación de los romanos en la Península”.

Y se queda tan pancho.

Más clásicos taurinos.

Una década después, en 1927, el Marqués de Piedras Albas sacará a la luz la que va a ser la más renombrada y querida obra de los taurinos: “Fiestas de Toros. Bosquejo histórico”, en la que nuevamente se recoge la visión pos-paradisíaca mítico-cinegética del origen de la tauromaquia apuntada por Daza. Aquella que dice: “La lucha del hombre con el toro fue  consecuencia del pecado original que le produjo la expulsión del Paraíso, data pues desde los comienzos del mundo, no cabe mayor antigüedad”.  

Y es que según el Sr. Marqués,  Dios creó al hombre como rey de la creación y lo hizo dueño y señor de la naturaleza, pero el  hombre se rebeló y esto conllevó a que desapareciera lo que él denominaba “señorío apacible”. A partir de entonces (expulsión del paraíso) los animales de desmandaron y ocultaron; se hicieron ariscos y luego se embravecieron hasta el punto que hubo que amansarlos luchando a viva fuerza.( Resumen de su tesis)

Está claro ¿No?.  O ¿Alguien lo duda?.

Él sí, puesto que  no contento  con esta explicación venatoria, vuelve a  recurrir a la Biblia, a la que alude como “no el libro más antiguo pero sí el de mayor difusión”,  para señalar (copiando lo que ya otros había apuntado)  hacia los sacrificios de animales que tanto gustaba a los hebreos, como “otra” posible causa que pudiera justificar el inicio de la tradición taurina.

Así, esta nueva “justificación” sacrificial como origen de la tauromaquia, ya aludida por otros, se sumaba  a la de los inicios romanos, morunos, pos-paradisíacos y cinegéticos.  Sacrificios que, por cierto, el Sr. Marqués califica de  “espectáculos de regocijo público”, pues según él, “entonces como ahora entusiasmaban a los hombres las fiestas de sangre, entonces para satisfacer a la divina justicia , ahora para solazarnos con las emociones de los peligros en que la bravura de los toros pone a sus lidiadores”.

¡ Ay, Dios !!!

Sin embargo, a pesar de su peculiar y rocambolesca  “argumentación”, siguiendo las pautas  establecidas por otros, vuelve a citar las repetidas hipótesis que por entonces se estaban divulgando. Tal lío tenía este Sr. sobre este asunto, que como finalmente confiesa “no sabría a qué carta quedarse”.¿Habrían sido los Carpetanos de Toledo los que enseñaron a los romanos la lidia como había dicho Lozano en su obra “Los Reyes nuevos de Toledo”?,  ¿O los espectáculos taurinos habían pasado de Egipto a Grecia, de Grecia a Roma, y de Roma a España ?,  tal como había afirmado Luis Carmena y Millán en la carta que  dirige al músico Antonio Piña y Goñi.

  ( snif)

Así liado, termina concluyendo: Después de haber estudiado con verdadera afición el tema oscuro del origen y antigüedad de nuestras Fiestas de Toros, (…) veo, como deducción final, que carecemos de conocimiento de causa suficiente, para saber en definitiva y como vulgarmente se dice, a qué carta quedarnos, y para poder prestar a la historia nacional con opinión propia, el servicio de fijar la antigüedad del espectáculo. Buenas o malas no son exóticas, sino indígenas, las Corridas de Toros en España; los romanos perfeccionarían los locales trayéndonos las plantas de sus circos y coloseos, e intervendrían en las Fiestas por su tendencia a los espectáculos de sangre, y asimismo los árabes, en sus delirios de grandezas, también se asociarían al espectáculo con ansias de participación en la hidalguía y caballerosidad castellanas.”

Esto es ; que siendo “indígenas”,  en las corridas habrían intervenido también romanos y árabes, unos movidos por su “tendencia a  los espectáculos de sangre”,  y los  otros por su “delirios de grandeza”… por decir algo.

Escritores eclesiásticos pro-taurinos también se implican.

Efectivamente, los letrados nobiliarios no estaban solos en esta cruzada pro-taurina. A sus apasionados esfuerzos por aportar un origen digno a la tauromaquia que permitiera su supervivencia, pronto se unieron los de algunos eruditos eclesiásticos.

Uno de ellos fue el Jesuita Julián Pereda, quien en 1945 no sintió escrúpulos algunos al escribir desenfadada y jocosamente sobre tan espeluznante tema en su obra: “Los Toros ante la Iglesia y la moral”.

Así, con la misma intención que los anteriores, a la vez que para apaciguar las conciencias de los aficionados católicos perturbadas tras las bulas papales antitaurinas dictadas a mediados del s. XVI, intentó este sacerdote rebatir jactanciosamente los razonamientos antitaurinos de aquellas y la de los que por entonces se escandalizaban por la permanencia de esa cruel y depravada tradición. Para ello, no dudó en  recurrir a los mismos datos históricos que ya se habían utilizado, y manejar los mismos “argumentos”, o más bien pseudo-argumentos, que desde entonces y hasta hoy en día se siguen utilizando.

 

Ritos y Juegos de toro”. El libro que revolucionó la interpretación de la tauromaquia.

No obstante,  la revolución que daría un vuelco a la interpretación de la tauromaquia llegaría unos años más tarde. Concretamente en 1962 cuando Alvarez de Miranda publica su libro Ritos y Juegos de toro”.

Así es, a las interpretaciones ya clásicas que venían repitiéndose desde hacía más de un siglo, en “Ritos y Juegos de Toro”  Alvarez de Miranda aportará una nueva visión de aquella al idear un nuevo discurso basado en  la  simbología del animal toro.  De hecho, fue a partir de entonces cuando el toreo adquirió una pretendida dimensión simbólica.

No cabe duda, esta obra aportó una nueva interpretación de la tauromaquia que la hacía vincular  tanto a antiguas religiones orientales como a mitos y ritos ancestrales autóctonos asociados fundamentalmente a la magia de la reproducción y la fertilidad de la naturaleza y, por ende, de las personas. De esta forma  el enredo  sobre el supuesto  origen de la tauromaquia  se enmarañó aún más.

Nota: Ante esto, debemos dejar claro una cosa muy importante. Efectivamente, la simbología del Toro como portador de energía sexual, vigor y fuerza generadora de vida, ya fue utilizada por los pobladores de las primeras civilizaciones nacidas en Anatolia y Mesopotamia, y luego expandida hacia las demás culturas mediterráneas… , pero eso no es tauromaquia como algún día demostraré.

De fuera,  Álvarez de Miranda incorporó en este libro, además de los  ritos cretenses, el que giraba en torno al dios egipcio de la fertilidad Min, así como el del sacrificio del toro por parte de Mitra (un sacrificio que el mitraísmo consideraba habría sido  necesario  para que el mundo germinara de la sangre y semen de este animal).

De dentro, alude o a leyendas y ritos populares autóctonos como los celebrados en las montañas de León donde los hombres se enmascaraban con cabezas de toros.

Pero sobre todo,  lo que más sedujo a los taurófilos fue la divulgación del llamado rito del Toro Nupcial,  muy extendido en las ciudades de Extremadura a partir del s. XIII  ( y que  nosotros veremos en su momento).

 Tampoco  se le escapó a Alvarez de Miranda la  vinculación que este animal toro  tiene con la  Virgen. Dato muy curioso al que también  habrá que referirse….cuando llegue el momento)

No cabe duda que fue así cómo un nuevo discurso simbólico mágico-religioso-sexual aparecerá a partir de entonces, y a él  se agarrarán los defensores de la tauromaquia como a clavo ardiendo  para pretender justificarla.

Esta nueva vuelta de tuerca con la que se quiso dar sentido a la ya tan cuestionada tradición supuso el asentamiento “erudito” de la tauromaquia en nuestro país, al permitir  a los “sabios” del toreo colocar  en escena  un nuevo soporte: la cuestión de la simbología y el significado ritual de los festejos taurinos. Soporte que desde entonces ha seguido utilizándose continuamente hasta nuestros días y, si cabe, con más intensidad que los argumentos históricos.

Nota ampliación del  libro de Álvarez de Miranda  “Ritos y juegos de toro”:

Por otro lado, resulta curioso, sin embargo, que en lo que se refiere a las  tres leyendas a las que se  alude en este libro: la del Oricuerno, la del Obispo Ataulfo, y la de “El toro de oro”,  el animal toro desempeñe en ellas un papel benefactor, constituyéndose siempre en el árbitro que soluciona  los problemas  de todos los protagonistas. De hecho, tras leer estos relatos, más que un animal al que deba “castigarse” por su “magia”, se piensa que ,  contrariamente,  el toro debería ser un animal protegido y mimado en agradecimiento a sus efectos beneficiosos sobre la sociedad.


 

Ahora, pensemos. 

Ahora bien. Una vez repasado todo el enrevesado y absurdo repertorio de teorías sobre el supuesto origen de la Tauromaquia en nuestro país, pensemos:   si todo esto es “inventado”, o  está enmarañado…  entonces ¿Qué fue lo que realmente dio comienzo a la tauromaquia en España?.¿Fue una única “causa” la que la impulsó?, ¿Una circunstancia?, ¿Una idea?,  ¿O fue el resultado de la confluencia de varios factores?. Y  ¿ Dónde se inició?,  ¿Cómo y cuándo?.

Uhhhmmmm pensemos…

Lo que es indiscutible es que los acontecimientos históricos no ocurren al azar, de la noche a la mañana, sino que son el resultado de múltiples “causas” y  la Tauromaquia no es una excepción. No apareció porque sí.

Lo que sí se sabe con certeza es que su nacimiento tuvo lugar en la Alta Edad Media en los Reinos Cristianos del norte peninsular y fue  consecuencia de la confluencia en el tiempo y en el espacio de una serie de circunstancias que la propiciaron.

¿Quieres saber cuáles y cómo evolucionaron?.

No te pierdas las próximas entregas.

Pero antes debemos tener claro varias cosas importantes:

1.–  La raza de toro de lidia no ha existido siempre. Es una “creación humana”.

2.- El origen de la tauromaquia en España no es anterior al s. IX.

3.-  La Imagen del toro en la iconografía cristiana.

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