GANADO FUENTE DE RIQUEZA: MONEDA, TRIBUTO Y ROBO

CUARTA CONCLUSIÓN:

Que  la posesión de ganado constituía la principal fuente de riqueza de los primeros poderosos que por la fuerza fueron tomando el mando de las primeras comunidades,  todo el mundo lo sabe. De hecho, para  los reyes y las  élites de  los reinos que  se fueron formando en la Antigüedad ( tanto en Mesopotamia, como en Egipto, Turquía y resto de territorios del Próximo Oriente) el  ganado  era lo que  les otorgaba la riqueza y el disfrute de su estatus social, siendo los bovinos, por supuesto, los animales más preciados. De  ahí que fueran éstos los que se utilizaban como moneda en las intercambios comerciales, y con ellos se deberían pagar también  los mayores  tributos  que los poderosos requerían a  los enemigos vencidos y convertidos en súbditos.

Del mismo modo, las tribus de pastores nómadas que pululaban buscando pastos por las pedregosas y áridas tierras  y desiertos mesopotámicos de Jordania, Península del Sinaí o Arabia Saudita, basaban igualmente su riqueza en la posesión de rebaños de ganado, necesarios tanto para el pago de sus intercambios comerciales,  como para pagar los tributos que  les exigían los reyes de las tierras en las que se asentaban.

No es de extrañar pues que, por ello, por lo valioso que era el ganado, los hombres, ambiciosos o hambrientos, se dedicaran a robarlo desde aquellos lejanos tiempos, lo que ocasionaría  numerosas contiendas y enfrentamientos entre tribus o pueblos vecinos.

Al mismo tiempo,  el aprecio que desde la Antigüedad mostraron los hombres hacia estos animales, hizo que su robo (o su daño), a pesar de ser habitual , fuese castigado con penas muy duras.

Dicen que así lo establecían las leyes de los hititas, babilionios, hebreos…).  De hecho, el mismo código de Hammurabi ( s. XVIII a. C) ampliaba su famosa ley de talión a esta cuestión:  Si un buey sufría la muerte cuando era confiado a otra persona, el responsable debía devolver a su amo “buey por buey”,  y se le ocasionaban daños, debían pagar multa para indemnizar al dueño, o incluso pagarlo con su  propia vida.

Nota:

En Sumeria, los silos de cereales y los rebaños de ganado, esto es la riqueza de entonces, pertenecían a los templos-palacios (sedes de los soberanos-sacerdotes).

Cuando los asirios (lo mismo que hacían otros) vencían a sus enemigos en las continuas contiendas militares, además de atormentarlos de las maneras más crueles y escabrosas, los sometían  exigiendo  a los pueblos vencidos tributos de ganado, cabras, corderos..y sobre todo, el más valioso; vacas y bueyes.

En Egipto, se pueden ver representados tanto en pinturas murales como en cerámicas a  escribas  que  anotan el número de ganado de los súbditos del faraón, con el fin de establecer un censo que luego sería utilizado para exigir los tributos correspondientes.

Es más ; cuando a partir del primer milenio a.C. se instaura la monarquía entre los hebreos para hacer frente a los filisteos y amonitas, los reyes Saul, David y Salomón exigirán a su población  igualmente cabezas de ganado ( ovejas, cabras, bueyes), estableciendo una presión fiscal  que hará clamar al profeta Amos en el s. VIII a C. en la corrupta época de rey David:  “Tendidos sobre lechos de marfil y tumbados sobre divanes comen corderos del rebaño y terneros sacados del establo” (Amos 6.4).

 Y los pobladores de  la Península Ibérica no iban ser  diferentes. Así, lo mismo que los poderosos habían hecho en otros lugares del mundo, las élites guerreras (“clase dirigente”) de nuestra tierra fueron acaparando también  la posesión del ganado.

Si nos situamos en el mundo ibero (esto es, el de las tribus  que,  desparramadas por la zona sur y este peninsular,  habían recibido los influjos orientales de la desaparecida tartesos),  sus élites, como en otros lugares del mundo, serían las que poseían los rebaños de ganado, y concretamente de valiosos toros o bueyes. Rebaños que serían cuidados en los montes por pastores, siervos o esclavos.

Así es, no lo olvidemos;  se trataba de animales domésticos que debían ser protegidos  de los peligros que les acechaban, ya fuesen depredadores como los lobos,  ya  ladrones. Además, entre las tareas que el pastor debía realizar,  se encontraba también las de  trasladarlos a los altos pastos en verano en busca de hierba fresca y bajarlos a las zonas soleadas en invierno;  suministrarle sal salpicando las rocas de los arroyuelos, y recogerlos por la noche a la llamada de retiro que los animales  identificaban al escuchar el sonido que emitía el cuerno .

Y aquí, en nuestra tierra, como ocurría en otras antiguas civilizaciones, la importancia del ganado como fuente de riqueza era tal que no es de extrañar pues el empeño de las tribus, como ya hemos comentado,  por robarlo en escaramuzas o retenerlo como botín de guerra.

Sobre esta afición al robo de ganado entre los íberos y celtíberos nos hablan los escritores romanos.

Así cuenta T. Livio en su  “Historia de Roma desde su fundación”  (21.43) como Anibal arengaba a los mercenarios iberos que había reclutado  para llevarlos contra Roma:  Bastante habéis perseguido a los rebaños por los montes de Lusitania y Celtiberia sin ver ninguna recompensa de tantos peligros y fatigas: hora es ya de que hagáis una guerra más rica y provechosa”.

Y cuando el romano Scipión se dispuso a enfrentarse a los Ilergetes, sermonea a sus mercenarios de esta manera: “No vamos a combatir a un ejército, sino a bandidos y jefes de bandidos, los cuales para asolar las tierras de sus vecinos, quemarles las casas y robarles el ganado, quizás tienen algún valor, pero en modo alguno para aguantar a pie firme en un combate regular”.  ( T. Livio: Historia de Roma desde su fundación , 28,32)

Y sabiendo la codicia de ganado de estas gentes, cuando llegó el día de la batalla esta fue la estratagema que adoptó Scipión para provocar a los ilergetes. “En frente de su  campamento había un tramo de terreno llano cerrado en ambos lados por montañas. Escipión ordenó que se llevaran algunas cabezas de ganado, capturadas en su mayoría al enemigo, hacia el campamento contrario para despertar el salvajismo de los bárbaros. Lelio recibió instrucciones de permanecer oculto con su caballería detrás de una estribación de la montaña y, cuando la infantería ligera que iba guardando el ganado hubiera conducido al enemigo a la escaramuza, cargara desde su escondite. La batalla comenzó pronto; los hispanos, al ver el ganado, se lanzaron a apoderarse de él y los escaramuzadores los atacaron mientras estaban ocupados con su botín”.  Livio [28.33] ,

Con todo dejemos por sentado que el ganado estaba  ya  bien asentado y domesticado,  por lo menos en nuestras tierras desde muchos siglos antes de la llegada de los romanos en el s. III a C .,  y que la cuestión  y la inquietud de los habitantes de Hispania no era “cazarlo”, ni “jugar a torturarlo”,  sino robarlo para enriquecerse.