Lo que no es

 PONGAMOS LAS COSAS EN SU SITIO

Como veo que ningún historiador profesional se atreve a rebatir la sarta de despropósitos históricos con los que nos quieren embaucar los defensores de la tauromaquia, me ha parecido necesario, que yo, la ingenua soñadora, deba levantar la voz para gritar la verdad y desenmascarar todo el embrollo que han liado sobre esta cuestión.

Así, como aquel niño inocente, que entre la multitud adormecida y condescendiente gritó al ver desfilar al  rey vanidoso: ¡El emperador va desnudo!, ¡el emperador va desnudo!;  yo gritaré: ¡La tauromaquia es un fraude!, ¡la tauromaquia es un fraude!

 Para ello, intentaré ir deshaciendo, una por una, todas las supuestas teorías que sobre los orígenes de la tauromaquia se han ido elaborando a lo largo en los últimos siglos, colocando las referencias históricas de cada momento, con el fin de  poner en el sitio que corresponde  cada una de ellas.

Para ello, viajaremos a través del tiempo con el fin de detenernos en cada uno de los símbolos o iconos taurinos con los que los autores taurómacos han intentado justificar unas hipotéticas raíces milenarias de la tauromaquia.  

 Repasaremos por orden cronológico, no sólo nuestra historia sino también  aquella otra que envolvió a las antiguas civilizaciones del Mediterráneo Oriental, pues hasta en ellas quieren encontrar los “sabios” pro-taurinos vestigios de tauromaquia.

Todo con el fin de desvelar la verdadera naturaleza de aquellos supuestos orígenes taurinos.  Para ello indagaremos en las circunstancias históricas que envolvieron a sus gentes, y en las ideas que imperaban por  entonces en esas culturas legendarias; sus fantasías, su religión, su arte… 

¡Vamos!, coge tu lamparita y sígueme.

Empecemos por el principio.

En busca de los toreros prehistóricos

Endosarles los orígenes de la tauromaquia hispana a nuestros más remotos ancestros es ya un clásico al que nos tienen acostumbrados quiénes desean continuar la fatídica e irracional tradición taurina.

Que eso es una falacia, no cabe duda, pero aun así muchos lo han creído desde que a principios de s. XX se lo inventaron los doctos taurinos. Y lo peor de todo es que aún hoy en día  algunos lo siguen creyendo.

Pero, como dicen que alguien dijo: “Podrás engañar siempre a algunos, y seguro que también podrás engañar de vez en cuando a todos, pero no podrás engañar siempre a todos”.

Si tú no quieres seguir engañado, ven: vamos a ver qué hay de verdad, y qué no, en todo este montaje.  

Ajusta tu catalejo porque vamos a dirigir nuestra atención ni más ni menos que  a la lejanísima prehistoria para ver si realmente en el ADN de nuestros primitivos ancestros estaba ya grabada la tendencia de aquellos a torturar toros  por puro placer.

Vamos allá…

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